Antes de los creepypastas existían los mitos y las leyendas, que intentaban explicar fenómenos del planeta. En Puerto Varas, en 1940, se creía que había un imbunche robándose huevos de los gallineros y el queso fresco. Las ubres de las vacas amanecían mordidas, pero no parecían los dientes de depredadores. Eventualmente dieron con el culpable: un niño feral de casi diez años. Esta es su historia en Un País Generoso, gracias a la conversación de Iván y Werne con Cristián Vila Riquelme. 

Encuentros cercanos

Cristián es profesor, escritor, doctor en Filosofía de la Universidad de La Sorbona en París. Cuando encontraron a Vicente solamente decía «cau cau», y no se sabía si era una onomatopeya o algún mensaje que buscaba comunicar. La palabra, que significa gaviota en mapudungun, era en realidad el apellido de la familia que lo abandonó.

Cuando lo encontraron en 1949 caminaba en cuatro patas, estaba cubierto de vello corporal, ponía los ojos en blanco y demostraba una fuerza anormal para un niño. Lo llevaron donde las monjas en Puerto Varas, que lo bautizaron Vicente Enrique de la Purísima. De ahí quedó bajo el estudio de la doctora Lucía Capdevile y Armando Roa, además del padre de Cristian, el psiquiatra Riquelme. Este doctor contactó a su hermana, la profesora normalista y lingüista Berta Riquelme. Ella fue su madre adoptiva, quien le enseñó a hablar, leer y escribir.

Vicente Caucau C

«El primer recuerdo que tengo del mundo real, que fui consciente, fue el rostro de Vicente. La primera noción que tuve de la realidad fue el rostro del Niño Lobo, ese vínculo muy emotivo, muy amistoso«, explicó Cristián. Fueron criados como primos en Villa Alemana, el pueblo natal del escritor.

Rastros de memoria

Con las lecciones de Berta, Vicente empieza a articular ideas en su habla. «Lo maravilloso del caso, que fue lo que me interesó a mí, cuando él comenzó a poder expresarse de pronto comenzó a hacer recuerdos,  lo que nos enteramos después es que no tuvo una buena acogida. El padre era alcohólico, y cuando tenía 3-4 años se arrancó». Pero, como acota más adelante fue una víctima del abandono: «se escapó y a nadie le importó». Con los años, cuando averiguaron su pasado, su padre dijo que se les había escapado, pero es absolutamente contradictorio. Ya había pasado demasiado tiempo.

Vicente Caucau B

Hubo más revelaciones, como el hecho de que fue amamantado por una puma. Tal vez debiese llamarse Niño Puma, acota el escritor. Al crecer se integró a la familia pero algo mantuvo vivo de su época feral. «Vicente ya era parte de la casa. Vicente jugaba con nosotros, era un cabro un poquito mayor que yo«, explica. En los juegos de infancia él se ponía igual que cuando lo atraparon, en cuatro patas y con los ojos en blanco. Cristián recuerda que tenía una fuerza muy grande y «con un brazo tomaba a uno de nosotros y con el otro brazo al otro, y no era muy grande, debe haber medido 1 metro 60«.

Parte del mito

Cuenta la leyenda del Niño Lobo que le aullaba a la luna. Pero los recuerdos de Cristián permiten entenderlo mejor. Según cuenta, cada vez que había luna llena el entonces alcalde de Villa Alemana cortaba la luz de las calles. Y durante el plenilunio Vicente aullaba. «Hacía un grito y lo maravilloso es que se contagiaban todos los perros, era un aullido general. A nosotros los cabros chicos nos daba risa, pero a los adultos les daba pánico«, relata a través del teléfono y desde La Serena.

Hoy Vicente está enterrado en el Cementerio de Puchuncaví, en un nicho que él adoptó. Un día, la familia con la que vivió sus últimos años asistió el cementerio, viaje en el Vicente encontró un nicho. Le gustó tanto que se metió ahí y pidió que al morir ese fuera su último lugar de descanso. Esta es la historia real, acota Cristián antes de irse, porque «la mitad de la novela es delirio«.

Vicente Caucau A