A principios de los noventa, varios estudios advertían sobre los beneficios que producía escuchar música de Mozart. Algunos aseguraban que curaba la depresión, que era beneficioso para el aprendizaje y tales eran las bondades del “efecto Mozart”, que el compositor escaló a los primeros puestos en ventas doscientos años después de su muerte. Luego vino la polémica y varios estudiosos, desde otra vereda, desmintieron tales aseveraciones.

La cuestión radica en lo siguiente: Si existe el efecto Mozart, ¿por qué no habría de existir el efecto Bach, Beethoven, Wagner o Chopin también?…Una discusión que hasta la fecha no encuentra respuestas absolutas, pero sí está claro que con el tiempo se han ido sumando esfuerzos por encasillar diversos estilos musicales en la medida de los efectos que producen en el oyente.

En torno a esto se ha filosofado bastante y de hecho, hace algunos días me sorprendí al leer que varios portales de noticias replicaban un reciente estudio elaborado por The Sleep Foundation, que reveló una lista de canciones que en teoría ayudan a dormir. Metallica, Adele, Jimi Hendrix y Manuel García, entre otros, conforman la playlist de los más diversos estilos, pero todas tienen en común un ritmo entre 60 y 80 pulsaciones por minuto y la conclusión es que esto sería clave en nuestro cerebro para que se active el «sueño» en nuestros cuerpos.

En paralelo, se difundió un estudio realizado por la clínica estética Vera Clinic, que analizó la conexión entre la música, el estrés y la caída del cabello. Concluyó que el pop ochentero y el heavy metal son ideales para bajar la presión y tratar la ansiedad y muy por el contrario, que escuchar techno aumentaba la frecuencia cardíaca y la presión arterial de los encuestados. 

Podríamos seguir con múltiples ejemplos; “música para la concentración”, “música para tener buen sexo”, “música para subir el ánimo”, “música para relajarte” y así, suma y sigue, pero ¿existen en realidad propiedades atribuibles a un tipo de música específica?, ¿puede una canción producir el mismo efecto en el heterogéneo universo de oyentes que la recepciona?…  

¡En el cerebro parecen estar las respuestas!

Robert Zatorre, científico fundador del laboratorio de investigación canadiense Brain, Music and Sound, en una entrevista concedida al diario El País, señala que «cuando los sonidos impactan en el oído, se transmiten al tronco cerebral y luego viajan hasta la corteza auditiva primaria. Luego, se reparten entre redes del cerebro para la percepción musical, pero la respuesta cerebral, estaría también condicionada por una especie de una base de datos almacenada de los sonidos que se han escuchado anteriormente». Así, la construcción de expectativas y su posible violación sería clave para una respuesta emocional.

Quizá llevándolo a otra área resulta más fácil la comprensión del mecanismo descrito. En vez de hablar de música, hablemos de olores: Si de pequeño te castigaban en una habitación cuya ventana daba a un arbusto de lavandas, muy posiblemente, ese olor te causará rechazo años más tarde por la asociación instantánea de dicho aroma con el mal recuerdo. Lo mismo sucede con determinadas piezas musicales. 

Algo parecido sugiere Pedro Maldonado, director del Departamento de Neurociencia de la Universidad de Chile y autor del exitoso libro “¿Por qué tenemos el cerebro en la cabeza?”. Desecha la teoría de que exista música para fines específicos, pues señala que en el cerebro no existe una sola estructura capaz de decodificar un estímulo, sino que muchas zonas del cerebro son las que reaccionan cuando escuchamos música. En consecuencia, se genera una activación de diferentes lugares y entre otras cosas, se activan los recuerdos y las vivencias personales, de modo que la música sería solo un estímulo que provoca una reacción que puede ser distinta en cada receptor. 

En vista a todo esto, podríamos aventurarnos a pensar que hay parámetros de la música en sí misma que modulan nuestro mecanismo emocional, tales como la armonía, ritmo, tempo, etc. Otro papel importante a la hora de decodificar la música serían los factores culturales, ya que por ejemplo, muy posiblemente la música microtonal de Oriente podría parecernos desafinada, porque nuestro oído está entrenado con la convención de que hay once semitonos y por último, habrían factores internos de cada individuo involucrados en el procesamiento de la información (en este caso musical). 

Como sea, la música en sí misma parece no tener un fin. Cada compositor crea una serie de patrones sonoros específicos, y aún cuándo él o ella tenga una intención de provocar algo con estos, el significado se lo da el oyente según la experiencia subjetiva que tenga con esos patrones. La música, cualquiera sea su género, ha tenido una presencia primordial en todas las épocas y culturas a través de los siglos y el cerebro está de moda, así que habrá que seguir investigando y rellenando los terrenos –todavía baldíos-, de la neuromúsica. 

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