Por Kevin Felgueras Ajuria
Hay artistas que hacen shows y otros que construyen pequeños universos. Lo de Jorge Drexler este sábado en el Movistar Arena fue claramente lo segundo: una noche donde la música, la palabra y esa capacidad casi quirúrgica de observar la vida cotidiana se mezclaron en un espectáculo que tuvo más de ceremonia que de recital.
Con una banda renovada (varios de sus integrantes pisando Chile por primera vez) Drexler abrió paso a un recorrido generoso por distintas etapas de su carrera, desde el pulso más clásico del candombe hasta las texturas más contemporáneas de sus últimos trabajos.
Jorge Drexler en Chile
“Bienvenida”, desde aquel primer disco de 1992, apareció como una declaración de principios: volver al origen también puede ser una forma de avanzar. Y en esa línea, temas como “Toco madera”, “Amar así”, “Telefonía”, “Polvo de estrellas” y “Hay alguien aquí” fueron armando una especie de mapa emocional donde cada canción parecía dialogar con la siguiente.
Hubo momentos especialmente brillantes cuando el uruguayo se permitió detener el concierto para conversar. Drexler no solo canta: piensa en voz alta. Habló de “la manera ridícula en la que se resuelven los problemas”, incluso usando como ejemplo a Artemis 2, mezclando ciencia, ironía y filosofía cotidiana con esa naturalidad que solo él maneja. Ahí aparece uno de sus mayores talentos: hacer que una reflexión sobre el universo y una canción de amor parezcan parte de la misma conversación. En “Cruzando las constelaciones”, esa idea volvió a tomar forma con versos como: “No hay nada como tu amor como medio de transporte”.
Uno de los momentos más interesantes llegó con “Taraca”, una pieza profundamente ligada a la murga y al candombe, que además cumple cerca de un mes desde su estreno en vivo. Drexler explicó que “taraca” es una onomatopeya que representa el sonido del tambor chico, un detalle pequeño pero enorme para entender cómo su música sigue conectada con la raíz rioplatense incluso cuando explora nuevos sonidos. Ahí también brilló Eva Catalá en la percusión, aportando una fuerza rítmica notable que sostuvo gran parte del pulso emocional del show.
Reinterpretaciones y éxitos
Las reversiones también tuvieron protagonismo. “Universos paralelos”, por ejemplo, apareció más rápida, con otro riff, casi como si la canción hubiera decidido crecer sola con el paso de los años. Lo mismo pasó con varias piezas que no fueron simples interpretaciones en vivo, sino nuevas lecturas. “Te llevo tatuada”, sumó otro color a una noche donde Drexler parecía empeñado en no repetirse jamás.
El tramo final fue una avalancha emocional: “Movimiento”, “Tocarte”, “Nuestro trabajo”, “Los puentes”, “Sea”, “Ante la duda bailar”, “Bailar en la cueva”, “Me haces bien” y, por supuesto, “Todo se transforma”, que volvió a confirmar que hay canciones que ya no pertenecen a un disco sino a la memoria colectiva. Incluso “Sanar”, apareciendo casi de improviso tras ver dos carteles del público, generó uno de esos silencios raros que solo ocurren cuando miles de personas deciden escuchar de verdad.
Jorge Drexler no vino a hacer nostalgia ni a tocar hits en piloto automático. Vino a recordarnos que todavía se puede hacer un concierto donde pensar, bailar y emocionarse sean parte del mismo movimiento. Y quizás esa sea su mayor rareza: en tiempos donde todo parece ir demasiado rápido, él sigue defendiendo el lujo de detenerse a mirar.
Sigue a Rockandpop.cl en Google Discover
Recibe nuestros contenidos directamente en tu feed.