Un show inolvidable para los fans del pop británico. Así fue el de anoche, con Suede presentándose en el Teatro Caupolicán.

Por Rocío Novoa

Con una audiencia que nada tuvo que envidiarle al lleno total del pasado lunes con Garbage, la banda comandada por Brett Anderson apareció pasaditas las 21.00 tras “Paranoid” de Black Sabbath. De ahí en adelante el show se desarrolló con los ambientes que la propia banda propiciaba. Desde la euforia de “Trash”, la sensualidad de “Filmstar” o la reflexividad de “Saturday Night”, canción que cerró el show, Suede llevó este primer encuentro con el público chileno  con esa elegancia británica y esa sensación superior y fuera de todo límite, situaciones que solo son alcanzadas por una de las bandas insignes de un movimiento que marcó a una generación.

Cerca de las 22.30 el encuentro con los ingleses había terminado. Un concierto que duró mucho menos de lo que cualquiera hubiese querido, pero que fue consecuente con la propuesta que Anderson en la voz, Richard Oaks en la guitarra, Mat Osman en el bajo, Neil Codilling en el teclado y la guitarra y Simon Gilbert en batería, han sobrellevado a pesar de recesos y la ausencia de nuevo material.

Suede se instala en el palco de los neoclásicos de la música inglesa gracias a las sensaciones que producen en el público y en la fuerza de su performance, que no tiene que ver precisamente con cuán fuerte toquen o se muevan. Suede es de las bandas que cuando las ves es difícil pensar en otra cosa que no sea lo que suceda en el escenario. Cuán bien lo pasa Brett Anderson bailando, jugando con el micrófono o saltando sobre los monitores es suficiente para que el resto sea challa y la banda solo se preocupe de no fallar.

En resumen, un show al borde de lo perfecto que deja la vara muy alta para el que podría venir, según prometió el propio Osman.