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El desconocido creador del Indio Pícaro, el invento chileno que llegó hasta la Casa Blanca

Su creador hoy tiene 63 años y hace más de 15 que ya no fabrica su popular invento. Tan famoso es que llegó incluso hasta la ciudad de Washington.

En estas Fiestas Patrias salen a relucir los símbolos patrios, juegos típicos y la sabrosa comida que crea el ambiente de chilenidad. El que tampoco puede faltar es el Indio Pícaro, ese mapuche de madera que al levantarlo sorprende a todo aquel que no lo conoce.

Pero lo que no todos saben es la historia que hay detrás de este popular personaje y la persona responsable de su creación.

Jorge Medina, artesano de 63 años es su creador. En 1975, junto a Alejandro Olave y Carmelo Valenzuela eran empleados de Ramiro Herrera, quien los contrató para que construyeran un conjunto de cabañas tipo ruca.

Un día, su jefe les mostró una curiosa figura de solo 5 centímetros tallada en madera que había traído del extranjero. Al levantarlo aparecía una sorpresa. "Era un indiecito que tenía pelos naturales, llevaba una chaqueta de cuero y un pirulito como un fosforito. Era bien sencillo", dijo en una entrevista de 2017 Medina al diario La Hora.

indio picaro

Fue ahí cuando Herrera les encomendó realizar una figura similar pero con rasgos mapuches. A los tres les pareció una buena idea por lo que comenzaron a ingeniárselas con un palo de laurel de 20 centímetros.

"Ese mismo día inventamos el Indio Pícaro con una sonrisa bien grande para que inspirara picardía. Se lo mostramos al jefe y lo encontró increíble", explicó Medina.

Fue cosa de tiempo para que la particular figura se popularizara. Medina dice que incluso llegaban personas que se ofrecían para ayudarlo en la construcción del curioso indio.

Un viaje al extranjero

Tanta popularidad tuvo su invento que en 1990, el exvicepresidente de EE.UU. de ese entonces, Dan Quayle, compró uno de estos ejemplares.

Esto ocurrió cuando Quayle visitó Chile para ser testigo del retorno de la democracia. En esa ocasión, viajaba de Valparaíso a Santiago cuando se detuvo en un puesto artesanal de Casablanca.

Ahí miró intrigado a este curioso personaje. Inocente e ingenuo, intentó alzarlas con la mano. No dudó que debía llevarse un par de ejemplares mientras levantaba una y otra vez el faldón del muñeco, sin dejar de reír.

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