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Björk nos muestra el futuro (otra vez)

Nico Castro se fue a Montreal, Canadá, para un encuentro futurista con la artista islandesa.

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Por Nicolás Castro, desde Montreal.

Siempre he tenido la noción de que Björk vive en una realidad paralela. O al menos varios pasos más adelante que el resto. Un par de factores impiden que su nombre no esté inapelablemente al lado de los más grandes de la historia. Que se desarrolle en nuestra misma época, y no en la de las leyendas que ya están empezando a morir, para empezar. Y que haya desaparecido de las radios, no haciendo algo parecido un hit desde fines de los '90, podríamos decir. Pero su búsqueda va mucho más allá de eso.

Por eso la posibilidad de explorar su trabajo más allá de escucharlo o verlo en vivo era interesante a la hora de ser invitados a vivir la experiencia completa en Montréal. Aquí se desarrolla hace casi un mes -termina esta semana- la Red Bull Music Academy 2016, una instancia en la que participantes seleccionados vía postulación de todo el mundo llegan a hacer música en un ambiente inspirador. No sólo con estudios que ni en tus sueños podrías aspirar a tener, sino también con charlas y actividades junto a leyendas. Tus asistentes en el estudio son músicos que admiras y entre las charlas inspiradoras han pasado por estos días Iggy Pop, Win Butler y la misma Björk, por nombrar unos pocos.

En este contexto es donde la islandesa eligió presentar Björk Digital, una exposición de realidad virtual basada principalmente en su último disco, Vulnicura, en la que busca nuevamente cambiar la forma en la que nos relacionamos con la música. Eso incluyo, además, un DJ set de 3 horas y una charla de dos en la que habló de un montón de cosas interesantes. Aquí te lo contamos por parte.

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LA EXPOSICIÓN

En el papel suena simple. Björk ve la música como arte. Y, como tal, no debe ser confinado únicamente a tus parlantes o a un escenario. Björk Digital se desarrolla en un museo de arte contemporáneo, separado en pequeñas habitaciones donde van pasando grupos de no más de 10 personas. Ahí te pasan un sofisticado casco de 3D y unos audífonos. Al ponértelos te transportas inmediatamente a una realidad paralela. Los vídeos del último disco de la islandesa cobran vida al frente tuyo, como si estuvieras metido en un playa de Islandia o en una cueva quizás dónde. Y ahí ella te canta como si estuviera a 20 centímetros tuyo.

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Cada habitación consta de un par de vídeos siete u ocho minutos cada uno, que es lo que duran más o menos las canciones de Vulnicura. A medida que vas avanzando, la realidad se va distorsionando cada vez más, y la figura de Björk y el espacio en el que se desenvuelva se empieza a convertir en algo más y más manipulado. Para el final queda lo mejor: en la última pieza entran sólo dos personas, y además de los estímulos en los ojos y oídos te pasan dos controles remotos. Ahora también puedes interactuar con las manos.

Al salir, la exposición se completa con una sala de cine de un sonido fuerte y nítido, que pasa en loop todos los vídeos de su discografía. Y, en la sala contigua, una serie de tablets con las aplicaciones que hizo para su anterior disco, Biophilia, para que sigas interactuando si te quedaron ganas.

LA "FIESTA"

Terminada la exposición nos vemos rápido hacia otro lugar en la parte antigua de Montreal, donde se desarrollan todas las actividades de la Academia. Un salón con capacidad para unas mil personas está casi a oscuras, con una iluminación mínima. Al fondo, un escenario pequeño rodeado de plantas. En él se mueve delicadamente la estrella de la semana. De blanco entero y una máscara de colores que apenas deja ver su cara, Björk comienza su selección con 45 minutos de voces angelicales y música que cuesta determinar de dónde viene. Ningún sólo elemento de percusión, mientras la gente mira con respecto y casi sin moverse. ¿Qué otro artista goza de esa impunidad para disjockear? Muy pocos.

La noche avanza y empiezan a aparecer elementos más reconocibles. Baterías o percusiones que van de formas poco tradicionales. Música del joven productor venezolano Arca, por ejemplo, estrecho colaborador de su último disco, y otro que parece habitar en otro planeta. Los beats se van poniendo más estridentes y densos, a ratos como martillos en la cabeza. Y ella se mueve como si estuviera pasando ballet.

ANOHNI (antes conocida como Antony and the Johnsons), otra de sus colaboradoras más cercanas del último tiempo y autora de uno de los mejores discos del año, también se cuela por ahí. La última hora es un bálsamo. Su amor por el R&B se hace presente y suenan desde Ariana Grande hasta Kelela. Una experiencia de fiesta atípica, pero que te deja pensando en que hay caminos muy distintos para llegar al mismo lugar. Al final no te queda otra que moverte.

LA CHARLA

No fue fácil quedarse dormido, pero la motivación era fuerte. A la mañana siguiente, la primera de las dos charlas diarias era con la mismísima Björk. Quienes la siguen, saben que no es común poder verla hablar y desarrollar ideas por tanto rato, por su cuidadosa selección de entrevistas.

En las casi dos horas que estuvo sentada frente a los participantes, habló de todo. Desde cómo fue aprendiendo a hacer los arreglos orquestales de su música (en sus primeros dos discos tarareándoselos a un arreglador, en Homogenic tocándolos en un sintetizador y, ahora, finalmente escribiéndolos en partituras), cómo se pasa horas armonizando su voz en programas de computador, cuáles son sus micrófonos favoritos, cuánto se demora en hacer una canción y tantas cosas más.

Pero lo que más resulta inspirador es su forma simple de ver la música. Pese a lo compleja que puede sonar, su pasado en bandas de punk impregnó en ella una ética que la acompaña hasta hoy. "Tratar de satisfacer lo que otros esperan de ti lleva siempre al fracaso", cuenta cuando le preguntan cómo hace para cambiar tanto de disco en disco.

El feminismo y la maternidad fueron temas importantes también. "Elegí trabajar en hacer que las cosas pasen en vez de reclamar. Pero, de vez en cuando, hay que saber cuándo alzar la voz y quejarse. Si el timing es bueno, funciona", dijo sobre lo primero. Y, sobre lo segundo, agradece vivir en un país donde la familia se mantiene unida y puede tener a sus hijos bien cuidados o llevarlos a todos de gira con ella. Jamás ha dejado Islandia por lo mismo. Y, porque según ella, ser mujer ahí es más justo. Ganan lo mismo que los hombres. El aire es limpio y no tenemos ejército, bromea, aunque vaya que lo dice en serio.

Terminada la charla, nos vamos a almorzar al comedor de la Academia. Ahí estamos conversando con un par de personas cuando de repente se quedan en silencio. Atrás mío, en la fila del buffet, Björk con su vestido rayado y máscara se pone con su plato a esperar su turno. Luego se sienta en el primer espacio que ve desocupado, y comparte como una más. Aunque, sobre todo después de las últimas horas, todos ahí sabemos bien que está lejos de serlo.

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