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Reseña: Rolling Stoned

Las reflexiones de Francisco Tapia Robles tras un show inolvidable

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Por Francisco Tapia Robles
Fotos por Roberto Vergara

 

Miro las fotos y me convenzo aún más que vivimos un momento histórico. Sobre todo porque esta es su última vez en Chile. Ya no hay más.

Y lo que vimos y nos hicieron sentir esa noche de miércoles 3 de febrero en el Estadio Nacional fue algo muy significativo. Más que pensar en la potencia de las guitarras de Wood y Richards, más que presenciar ese tamborileo preciso de Watts o ver los incansables piques de Jagger a lo Alexis Sánchez, pienso en el  rock & roll como un ente vivo. Incluso más que un concepto artístico. Lo que ocurrió sobre el escenario del Nacional fue ver un corazón latir, un corazón que bombeaba sangre por sus cuatro cabezas. Como si todo el rock and roll que conocemos, todos los nombres, artistas favoritos, bandas, discos y géneros bailaran sobre la panza inmensa de un monstruo llamado Rolling Stones. Esto es la manifestación más real, intensa y viva de lo que conocemos como arte, donde cada uno de sus componentes aportó con su propio universo a crear un universo aún más gigantesco. Es como si nos hubiese tragado un hoyo negro en la mitad del espacio.

Cada destello nos abrazaba envolviéndonos en coros, saltos y gritos, nuestra reacción más primitiva al escuchar el inicio con "Start Me Up", "It’s Only Rock ‘n’ Roll (But I Like It)" y "Let’s Spend The Night Together". Himnos con 30 o 40 años de antigüedad que se asoman como los pilares firmes que han construido toda la historia de nuestro rock. Otra explosión llegó junto a  "Paint It Black", con un Keith Richards tan gigante como la figura que mostraban las pantallas. El blues in crescendo de "Midnight Rambler" nos puso la mente en el origen de toda esta historia, quizás la canción de la noche que resumió a los Stones por su versión de inicio lento hasta llegar a convertirla en un rock acelerado arrastrándolo todo a su paso. Luego, los golpes definitivos a una multitud que tragaba y tragaba y respondía con brazos en alto como si estuviesen siendo asaltados llegaron con "Gimme Shelter", "Jumpin’ Jack Flash", "Sympathy For The Devil" y "Brown Sugar".

 

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Tras el bis llegó esa estocada profunda que nos dejó a todos boquiabiertos: el coro chileno sobre el escenario iniciando "You Can’t Always Get What You Want" llegó para silenciarnos, encender el rito final de la ceremonia con la banda ya en actitud de retirada y entregando el corazón para que cada uno de los que estábamos ahí nos lleváramos un pedazo. Sin embargo, la adrenalina llegó con ese otro himno, con aquel tema razón por la cual muchos llegaron hasta el estadio, la mejor canción de rock de la historia y que interpretada en vivo se convierte en un ser aún más inmenso: la incandescente "(I Can’t Get No) Satisfaction" reventó en pirotecnia dentro y fuera de nosotros.

No hay fallas en el corazón que detengan la forma militar de tocar de Charlie Watts, ni artrosis que aniquile a Keith Richards, ni cigarrillos que pudran a Ron Wood (el punk), ni estadios que no le permitan seguir corriendo a Mick Jagger. Lo del miércoles 3 de febrero en el Nacional de Santiago fue histórico.

 

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Volveremos a asistir a muchos otros conciertos de nuestros artistas favoritos pero la experiencia Rolling Stones es algo irrepetible. Esa noche lo intentamos una y otra vez, hasta conseguir la satisfacción.

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Rolling Stones en Chile - Rock & Pop