Voy a decir algo que probablemente muchos no esperan leer. No soy fanática de Rosalía.
No escucho su música todos los días, no conozco todas sus canciones y no llegué al Movistar Arena pensando que iba a cantar de principio a fin. Fui porque tenía curiosidad. Quería entender por qué tantas personas decían que LUX Tour era uno de los espectáculos más impresionantes de los últimos años.
Y bastaron unos minutos para entender de qué estaban hablando.
Rosalía nunca dejó que el espectáculo bajara de intensidad
Lo primero que comenté con la otra periodista que estaba conmigo fue que estaba anonadada. ¿La razón? Siempre estaba pasando algo.
Aparecía la orquesta, el ballet cambiaba completamente el ambiente, las luces transformaban el escenario y Rosalía desaparecía unos segundos para volver convertida en otro personaje. No alcanzabas a procesar una imagen cuando ya venía la siguiente.
Incluso me pasó algo que casi nunca me había pasado trabajando. Como periodista sabía que tenía que subir contenido. Tenía el teléfono en la mano varias veces, pero terminaba bajándolo. No quería verlo a través de una pantalla, quería seguir mirando lo que estaba pasando.
Pensé que las canciones que más iba a disfrutar serían las que conocía, como Despechá o Bizcochito. No fue así, porque al no saber de memoria varias, pude prestar atención a cada detalle.
Hubo un momento con Can't Take My Eyes Off You que logró atraparme por completo. Rosalía parecía formar parte de un cuadro y pensé, casi sin darme cuenta: "qué bien pensado está este show".
A eso se suma que creo que es uno de esos espectáculos que funciona desde cualquier ubicación. Yo estaba un tanto lejos del escenario y, aun así, todo se veía increible. Las pantallas, la iluminación y cada elemento fueron completamente bien pensados.
Rosalía logra una figura casi divina
Hubo varios momentos en que dejé de verla como una cantante.
Entre las referencias religiosas, la orquesta y los bailarines, Rosalía termina construyendo una imagen casi sagrada. No porque se presente desde la soberbia, sino porque todo el espectáculo está pensado para que la mirada siempre vuelva a ella.
Cada acto parecía representar una etapa distinta: el deseo, la culpa, el amor, la pérdida, la confesión.
Un confesionario a la chilena
Si hubo un momento que sorprendió al Movistar Arena completo, fue la aparición de Francisca Valenzuela en el famoso confesionario de Rosalía.
Relató que, después de una separación, tuvo una breve relación con un rockstar latinoamericano. Este a los pocos días, le juraba amor y le escribió una canción. Después la invitó a una fiesta y ahí descubrió que estaba besando a otra mujer.
Me llamó la atención porque siempre he sentido que Francisca es una artista muy reservada cuando habla de su vida privada.
Lo único que sí habría cambiado es la duración de esa sección. El confesionario se extendió cerca de ocho minutos y fue la única parte donde sentí que el ritmo del espectáculo bajó un poco.
Un momento memorable fue cuando una pareja le pidió a Rosalía que dibujara los tatuajes que usarían para su matrimonio. Otra aprovechó el momento para comprometerse. La española celebró ambos actos de amor.
Cuando se encendieron las luces, recién ahí me di cuenta de que habían pasado casi dos horas. Y sí, finalmente logro a entender a ese culto que sigue religiosamente a Rosalía.