Con la Copa Mundial de Fútbol de 2026 en el horizonte, la fiebre por coleccionar e intercambiar láminas se toma nuevamente las calles, los colegios y los espacios públicos.
Lo que a simple vista parece un juego o un pasatiempo, encierra un trasfondo mucho más complejo. Especialmente desde el punto de vista de la salud mental y el comportamiento.
Según la psicóloga Erika Mena Morales, Directora de la Carrera de Psicología de la Universidad de Las Américas (UDLA), este es un fenómeno que “desde la psicología revela una riqueza profunda para el desarrollo de niños, adolescentes, adultos y familias”.
El impacto cognitivo y emocional en la infancia de coleccionar láminas
Para los más jóvenes, el proceso de abrir sobres, buscar los números y pegar cada figura es una escuela de aprendizaje práctico. No se trata solo de diversión, sino de un ejercicio que estimula directamente el cerebro y las emociones de los menores en etapa de crecimiento.
Tal como destaca la psicóloga en su columna, “para la infancia, completar un álbum involucra habilidades cognitivas y emocionales esenciales: la tolerancia a la frustración ante la lámina que no llega, la organización del pensamiento al clasificar y ordenar, la memoria visual y el establecimiento de metas concretas”.
Asimismo, el juego adquiere su máximo valor cuando las láminas repetidas obligan a los niños a interactuar con sus pares, . Y así se transforman en una herramienta formativa de convivencia.
“Sobre todo, opera como un poderoso espacio de socialización; negociar, compartir, ceder y colaborar, son competencias que se aprenden y se ejercitan en el acto de intercambiar”, añade Mena Morales.
Un bálsamo contra el estrés y un puente generacional
El coleccionismo de láminas no es exclusivo de los niños; los adultos suelen participar con la misma o mayor intensidad. Desde el punto de vista de la psicología del adulto, reunirse en plazas, restaurantes o centros comerciales a conseguir las piezas faltantes tiene un potente efecto terapéutico, actuando como “un bálsamo para la salud mental. Un espacio recreativo que alivia el estrés y reconecta con la nostalgia y la socialización lúdica”.

A nivel del hogar, esta dinámica genera un entorno seguro que une a distintas capas de la familia. En palabras de la especialista, el álbum “funciona como un puente generacional. Adultos y niños se sientan en torno a las mismas páginas, comparten entusiasmo y construyen recuerdos que perduran”. Esto tiene un valor médico preventivo, puesto que “los rituales compartidos son un factor protector documentado para la salud mental infantil”.
Recuperar la comunidad en la era digital
En un mundo dominado por las pantallas y las interacciones virtuales, el álbum físico obliga a las personas a mirarse a los ojos y ocupar los entornos urbanos de forma sana.
La experta destaca el valor de ver a padres y cuidadores con menores negociando cara a cara con otros. Y aseguró que “estas instancias crean comunidad, recuperan el espacio público como lugar de vínculo y demuestran que la tecnología no ha desplazado la necesidad humana de encontrarse”.
Por ello, la psicología invita a valorar este pasatiempo no como un gasto o una distracción banal. Sino verlo como una verdadera “herramienta de crianza, de aprendizaje social y de salud comunitaria”.
Como conclusión, Erika Mena Morales enfatiza que el verdadero logro no está en el objeto material en sí, sino en el proceso humano. “La pregunta no es si conviene coleccionar, sino qué estamos dispuestos a construir mientras lo hacemos. Completar el álbum del Mundial se vuelve así un pretexto perfecto para tejer comunidad. El verdadero beneficio terapéutico y social no radica en pegar la última lámina, sino en los aprendizajes, el diálogo y los recuerdos compartidos que se construyen en el camino”.