Un 16 de febrero de 2007, una joven Britney de 25 años entraba a un salón de peluquería a eso de las 19:00, y pidió un corte poco tradicional: rapar su melena -que en ese entonces- era de un castaño con visos dorados.

La dueña del lugar, Esther Tognozzi, se negó a aquel acto, por lo que la cantante no encontró nada mejor que agarrar la máquina y comenzar con su cambio de look. En ese entonces, Spears luchaba contra las adicciones, un desequilibrio mental poco confirmado y en medio de la batalla legal por sus hijos con su ex Kevin Federline.

A Britney la vida la había superado. No era un show para las cámaras; no entendía lo que hacía. Golpeaba autos con un paraguas ante la desesperación de tratar de ver a sus hijos -días después de «corte de pelo»-, buscaba ayuda pero nadie entendía como ofrecerla. Estaba sola.

Meses después, reaparecería en los VMA’s 2007, un 9 de agosto para ser más precisa, y con una clara cuota de agotamiento: Iba más allá de su figura, era cómo enfrentaba el escenario, eran las cero ganas de ser parte de un playback que claramente, fue obligado. Después de eso, nada fue lo mismo.

A sus 25 años, Britney estuvo ahí, a la deriva, y los medios -y nosotros- lo disfrutamos (sí, hay que admitirlo, era el show perfecto que cerraba la década del 2000). Hoy se le ve mejor: con la custodia de sus hijos, con un show estable en Las Vegas y con un disco lanzado el año pasado… Aún así, se sabe por fuentes cercanas que es su padre quien le maneja prácticamente todo: desde sus decisiones bancarias hasta lo que habla.

La princesa del pop puede tener para rato, pero su momento de oro ya pasó.